El último tramo del segundo alanismo : ¿cuál política de Gobierno?

Poco más de nueve horas y un debate para el olvido signaron la presentación del Gabinete Velásquez Quesquén ante el Congreso de la República. Fue una jornada que tuvo una serie de acuerdos implícitos del Fujimorismo, Unidad Nacional y la UPP para abreviar y alivianar el trámite de la investidura del nuevo Primer Ministro. 

Claro que si existieron en la jornada -en contadas excepciones- breves chispazos inquisidores de algunos pocos padres de la patria, que sin mayoría en los escaños propiciaron agudas críticas a un mensaje que no trajo mayores sorpresas y que por el contrario se limitó a enfatizar lo ya dicho el 28 de julio por el Presidente García. 

Ese mismo día una de las principales empresas encuestadoras revelaba los pobrísimos niveles de aprobación en el Presidente del Consejo de Ministro, el Congreso de la República y el propio Alan García. Es decir, se trató de una sustentación de políticas de Gobierno en medio de los estragos de una de las más severas crisis de representación respecto a los poderes públicos que se tenga recuerdo.

¿Una nueva Agenda para el país?

No obstante ello, Javier Velásquez Quesquén tuvo la habilidad para afinar a un buen coro de guardianes, generar su propia “oposición constructiva” y procurar aislar en el debate a las observaciones más severas que en momentos le enfilaban los congresistas Nacionalistas y de la Alianza Parlamentaria. No en balde se trataba del hasta no hacía mucho, Presidente del Congreso.


Con las misma retórica y propuesta -como si se escuchara un eco desde el Palacio de Gobierno- los legisladores y los pocos que decidieron soplarse el discurso gracias a las prestas ondas televisivas de RTP, escucharon al Gabinete Velásquez Quesquén reiterar una y otra vez que estábamos ingresando a una “nueva etapa del Gobierno” caracterizada por un mayor énfasis en el fortalecimiento del orden democrático y la inclusión social, traducidas en el proceso de Descentralización y el impulso a la inversión en obras, con participación activa de los pueblos. 

Con poca modestia se llegó hasta afirmar que se trataba de un diseño de líneas orientadoras de lo que será nuestro país en el siglo XXI. Ajena completamente la mención al contexto de la crisis internacional, la sensible relación con los países que conforman la Comunidad Andina y la Comunidad Sudamericana de Naciones y la desastrosa gestión de los conflictos sociales que entre varias crisis sustento el drama del “Baguazo” del 5 de junio.



Nada fue error
Sin autocrítica por delante, con arrogancia por instantes y con un claro espíritu de “dejar hacer y dejar pasar” el autodenominado último Gabinete del segundo alanismo se guardo la carne para mejores oportunidades. Casi con “piloto automático” se bandeó hasta alcanzar votos necesarios para una investidura magra y opaca. 

Una anécdota en nuestra historia política, un sedante paso de revista a los ínfimos logros de una política que no propone sino que impone un modelo sin mayor horizonte que el mantenimiento de un orden sesgado y negado para las mayorías a favor de los de siempre. 

De poco valieron los severos errores en la política de prevención de la epidemia del AH1N1, las desatenciones al previsible friaje de las zonas altoandinas. La permanencia del Ministro Ugarte en la cartera de salud es apenas un botón de muestra de la falta de expectativas positivas con las que se presentó el Gabinete ante el Parlamento Nacional. 

Cuando llegó la hora de los “fuegos artificiales”, es decir aquellas propuestas destinadas a hacer parecer ante la opinión pública que algo nuevo puede hacerse- las mayores atenciones recayeron en la renovación por mitades del Parlamento y el impulso de los denominados núcleos ejecutores. 

Al final, la excusa de siempre –“votamos por la confianza para no hacerle el juego a los enemigos de la democracia”- escudó a varios conspicuos representantes del PPC y el Fujimorismo a sumarse a la allanada bancada del UPP y los grupos menores entre no agrupados, Solidaridad Nacional, los evangélicos de Restauración y los de Renovación para brindar –sin mayor merecimiento- una confianza que en las calles la población ciertamente no le otorga a nadie. Ni a los Ministros, ni al Congreso y por su puesto ni siquiera al Presidente.

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